El amor tiene su semilla en la familia, es el motor de la existencia humana, tiene su origen y su meta en Dios, que es amor; pero depende de cada uno que éste se alimente de manera saludable y ecológica, que se fortalezca y crezca, logrando irradiar a nuestro entorno primario: la familia.
Cada persona tiene derecho a ser educada y la familia es el lugar primordial de esa educación.
Los padres somos los primeros educadores. Este derecho-deber que nos incumbe es
primario, original, intangible, indelegable e insustituible.
Con frecuencia escuchamos “nadie nace sabiendo ser padres”. Esto es cierto, pero sólo en una parte, porque en ocasiones ha de convertirse en una justificación para evadir nuestra responsabilidad. Debemos hacer de esto el punto de partida para prepararnos cada día mejor como seres humanos y progenitores.
La primera e indudable responsabilidad de traer al mundo un hijo, es la de procurar formar personas integras e independientes a través de la educación, presencia y amor de los padres. Verdaderamente no es una tarea tan fácil. Hoy más que nunca no sólo es suficiente tener buenas intenciones para sacar adelante, moralmente hablando a una
familia. Hay demasiadas influencias negativas en el ambiente que nos rodea, pero hay que trabajar para convertirlas en herramientas de aprendizaje y crecimiento, en libertad, voluntad, fe y valores para el crecimiento digno del ser humano.
Para lograr como padres llevar el proyecto familiar, necesitamos dar el ejemplo, formarnos continuamente, crear un ambiente propicio, pedir ayuda, superar los obstáculos que se presentan en el camino… así crecemos todos.
La vocación de padre y madre es la vocación natural, humana y divina, es el principal negocio al que debemos atender, así mismo es la principal responsabilidad ante Dios, ante si mismos, ante los hijos y ante la sociedad. Si la familia es el negocio más importante, si es complicado conducirla a la meta deseada, si se requieren tantos cuidados, aptitudes y virtudes para ejercitar, lo lógico es pensar que hay que poner todos los medios para tratar de resolver todas las dificultades que se puedan presentar.
Si nuestros hijos además de recibir una educación profesional son personas humanamente preparadas raramente serán victimas de las circunstancias, pues tendrán la fuerza y los conocimientos para tomar la vida entre sus manos.
Como padres y educadores que somos, debemos prepararnos para:
Proporcionar a nuestros hijos la educación que merecen; con base sólida del amor. Fortaleciéndolos emocional y espiritualmente. Recordemos que el hogar es la primera escuela de la vida y formación para la persona.
Ofrecer tiempo en calidad y cantidad.
Conectarnos con nuestro ser, para prestarnos atención, amarnos y así, estar en capacidad de dar lo mejor de nosotros.
Disfrutar momentos familiares.
Dar el ejemplo. Debe haber una congruencia entre lo que decimos y lo que hacemos, sin dejar atrás lo que sentimos y pensamos.
Los padres debemos ser guías, maestros y por qué no… amigos de nuestros hijos.
Alimentar la comunicación
Pedir ayuda cuando sea necesario, no somos perfectos y juntos podemos crecer.
Agradecer.
Nuestros niños necesitan un hogar feliz, para lograr un desarrollo físico y emocional, por lo que requieren un ambiente familiar tranquilo, con el mínimo posible de tensiones. Es necesario que puedan respirar seguridad, confianza y apoyo, que se sientan queridos y valorados como personas importantes para sus padres y hermanos. Recordemos que la expresión permanente de amor y de aceptación es la base de un hogar feliz.
“Todo acontecimiento que te desconcertó hoy, tuvo su origen en una intención de ayer.